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HISTORIA DE TERRANIA.
Terrania nació gracias a que un
grupo de valerosos hombres en busca de la verdad y la dignidad iniciaron un
largo recorrido por el tiempo y el espacio en busca de la legendaria tierra
prometida, pasando sinsabores y penurias recorrieron un gran trecho por
caminos inhóspitos, topando contra muros infranqueables y recorriendo
estrechas veredas que no los conducían a ninguna parte.
Largos fueron los amaneceres y
atardeceres que estos empecinados varones se inclinaron bajo sus maquinas
ordenadoras para extraer la verdad que les abriera las puertas de la
sabiduría, llegaron a sitios en los cuales, profetas, ofrecían tras falsas
promesas un mundo de felicidad. Y desgraciadamente algunos zozobraron en
este mar de incertidumbres quedando varados en lugares y paginas de
corrupción y bajeza.
Otros con mas suerte, como náufragos
llegaron a orillas en las que momentáneamente se pudieron resguardar de los
vientos huracanados de la Internet para nuevamente y con mas bríos continuar
navegando en la WEB.
Largo fue su recorrido y hubo
tiempos en que la desesperanza embargo a todos, pero siempre alguien en un
momento de abandono sentía surgir la chispa de la libertad y con nuevas
energías surgidas del convencimiento conminaba a los compañeros a levantarse
de ese marasmo.
Y así, “tras tumbos y levantos”,
esta tropa de inquietos seres humanos continuó por mucho tiempo.
La recompensa a tanto sinsabor les
llego un día en que alguien tuvo la feliz idea…, ¿Si no podemos encontrar la
tierra prometida, por que no crearla?
Para darse una idea de lo realmente
harían, recurrieron a los antiguos manuscritos que celosamente custodiaban,
de los cuales para su conocimiento reproduzco algunas páginas:
Yo, Juan Gallo de Andrada, escribano de Cámara del
Rey nuestro señor, de los que residen en su Consejo, certifico y doy fe que,
habiendo visto por los señores dél un libro intitulado Pergaminos,
tasaron cada pliego del dicho libro a tres maravedís y medio; el cual tiene
ochenta y tres pliegos, que al dicho precio monta el dicho libro docientos y
noventa maravedís y medio, en que se ha de vender en papel; y dieron
licencia para que a este precio se pueda vender, y mandaron que esta tasa se
ponga al principio del dicho libro, y no se pueda vender sin ella. Y para
que dello conste, di la presente en Valladolid, a veinte días del mes de
deciembre de mil y seiscientos y cuatro años.
Juan Gallo de Andrada.
Testimonio de las erratas
Este libro no tiene cosa digna que no corresponda
a su original; en testimonio de lo haber correcto, di esta FEE. En el
Colegio de la Madre de Dios de los Teólogos de la Universidad de Alcalá, en
primero de diciembre de 1604 años.
El licenciado Francisco Murcia de la Llana.
El rey
Por cuanto por parte de vos, , nos fue fecha
relación que habíades compuesto un libro intitulado Pergaminos, el
cual os había costado mucho trabajo y era muy útil y provechoso, nos
pedistes y suplicastes os mandásemos dar licencia y facultad para le poder
imprimir, y previlegio por el tiempo que fuésemos servidos, o como la
nuestra merced fuese; lo cual visto por los del nuestro Consejo, por cuanto
en el dicho libro se hicieron las diligencias que la premática últimamente
por nos fecha sobre la impresión de los libros dispone, fue acordado que
debíamos mandar dar esta nuestra cédula para vos, en la dicha razón; y nos
tuvímoslo por bien. Por la cual, por os hacer bien y merced, os damos
licencia y facultad para que vos, o la persona que vuestro poder hubiere, y
no otra alguna, podáis imprimir el dicho libro, intitulado Pergaminos,
que desuso se hace mención, en todos estos nuestros reinos de Castilla, por
tiempo y espacio de diez años, que corran y se cuenten desde el dicho día de
la data desta nuestra cédula; so pena que la persona o personas que, sin
tener vuestro poder, lo imprimiere o vendiere, o hiciere imprimir o vender,
por el mesmo caso pierda la impresión que hiciere, con los moldes y aparejos
della; y más, incurra en pena de cincuenta mil maravedís cada vez que lo
contrario hiciere. La cual dicha pena sea la tercia parte para la persona
que lo acusare, y la otra tercia parte para nuestra Cámara, y la otra tercia
parte para el juez que lo sentenciare. Con tanto que todas las veces que
hubiéredes de hacer imprimir el dicho libro, durante el tiempo de los dichos
diez años, le traigáis al nuestro Consejo, juntamente con el original que en
él fue visto, que va rubricado cada plana y firmado al fin dél de Juan
Gallo de Andrada, nuestro escribano de Cámara, de los que en él residen,
para saber si la dicha impresión está conforme el original; o traigáis fe en
pública forma de cómo por corretor nombrado por nuestro mandado, se vio y
corrigió la dicha impresión por el original, y se imprimió conforme a él, y
quedan impresas las erratas por él apuntadas, para cada un libro de los que
así fueren impresos, para que se tase el precio que por cada volumen
hubiéredes de haber. Y mandamos al impresor que así imprimiere el dicho
libro, no imprima el principio ni el primer pliego dél, ni entregue más de
un solo libro con el original al autor, o persona a cuya costa lo
imprimiere, ni otro alguno, para efeto de la dicha correción y tasa, hasta
que antes y primero el dicho libro esté corregido y tasado por los del
nuestro Consejo; y, estando hecho, y no de otra manera, pueda imprimir el
dicho principio y primer pliego, y sucesivamente ponga esta nuestra cédula y
la aprobación, tasa y erratas, so pena de caer e incurrir en las penas
contenidas en las leyes y premáticas destos nuestros reinos. Y mandamos a
los del nuestro Consejo, y a otras cualesquier justicias dellos, guarden y
cumplan esta nuestra cédula y lo en ella contenido. Fecha en Valladolid, a
veinte y seis días del mes de setiembre de mil y seiscientos y cuatro años.
YO, EL REY.
Por mandado del rey
nuestro señor:
Juan de Amezqueta.
Al duque de Béjar,
marqués de Gibraleón, conde de Benalcázar y Bañares, vizconde de La Puebla
de Alcocer, señor de las villas de Capilla, Curiel y Burguillos
En fe del buen acogimiento y honra que hace
Vuestra Excelencia a toda suerte de libros, como príncipe tan inclinado a
favorecer las buenas artes, mayormente las que por su nobleza no se abaten
al servicio y granjerías del vulgo, he determinado de sacar a luz al
Pergamino, al abrigo del clarísimo nombre de Vuestra Excelencia, a
quien, con el acatamiento que debo a tanta grandeza, suplico le reciba
agradablemente en su protección, para que a su sombra, aunque desnudo de
aquel precioso ornamento de elegancia y erudición de que suelen andar
vestidas las obras que se componen en las casas de los hombres que saben,
ose parecer seguramente en el juicio de algunos que, continiéndose en los
límites de su ignorancia, suelen condenar con más rigor y menos justicia los
trabajos ajenos; que, poniendo los ojos la prudencia de Vuestra Excelencia
en mi buen deseo, fío que no desdeñará la cortedad de tan humilde servicio.
Prólogo
Desocupado lector: sin juramento me podrás creer
que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más
hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he
podido yo contravenir al orden de naturaleza; que en ella cada cosa engendra
su semejante. Y así, ¿qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio
mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de
pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se
engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo
triste ruido hace su habitación? El sosiego, el lugar apacible, la amenidad
de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes, la
quietud del espíritu son grande parte para que las musas más estériles se
muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo que le colmen de maravilla y de
contento. Acontece tener un padre un hijo feo y sin gracia alguna, y el amor
que le tiene le pone una venda en los ojos para que no vea sus faltas, antes
las juzga por discreciones y lindezas y las cuenta a sus amigos por agudezas
y donaires. Pero yo, que, aunque parezco padre, soy padrastro destos
Pergaminos, no quiero irme con la corriente del uso, ni suplicarte, casi con
las lágrimas en los ojos, como otros hacen, lector carísimo, que perdones o
disimules las faltas que en este mi hijo vieres; y ni eres su pariente ni su
amigo, y tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más
pintado, y estás en tu casa, donde eres señor della, como el rey de sus
alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice: que debajo de mi manto, al
rey mato. Todo lo cual te esenta y hace libre de todo respecto y
obligación; y así, puedes decir de la historia todo aquello que te
pareciere, sin temor que te calunien por el mal ni te premien por el bien
que dijeres della.
Sólo quisiera dártela monda y desnuda, sin el
ornato de prólogo, ni de la inumerabilidad y catálogo de los acostumbrados
sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen ponerse.
Porque te sé decir que, aunque me costó algún trabajo componerla, ninguno
tuve por mayor que hacer esta prefación que vas leyendo. Muchas veces tomé
la pluma para escribille y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría;
y, estando una suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo
en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría, entró a deshora
un amigo mío, gracioso y bien entendido, el cual, viéndome tan imaginativo,
me preguntó la causa; y, no encubriéndosela yo, le dije que pensaba en el
prólogo que había de hacer a la historia de los Pergaminos, y que me tenía
de suerte que ni quería hacerle, ni menos sacar a luz las hazañas de tan
noble caballero.
-Porque, ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso
el qué dirá el antiguo legislador que llaman vulgo cuando vea que, al cabo
de tantos años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora,
con todos mis años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de
invención, menguada de estilo, pobre de concetos y falta de toda erudición y
doctrina; sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del
libro, como veo que están otros libros, aunque sean fabulosos y profanos,
tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de
filósofos, que admiran a los leyentes y tienen a sus autores por hombres
leídos, eruditos y elocuentes? Pues ¿qué, cuando citan la Divina
Escritura? No dirán sino que son unos santos Tomases y otros doctores
de la Iglesia; guardando en esto un decoro tan ingenioso, que en un renglón
han pintado un enamorado destraído y en otro hacen un sermoncico cristiano,
que es un contento y un regalo oílle o leelle. De todo esto ha de carecer mi
libro, porque ni tengo qué acotar en el margen, ni qué anotar en el fin, ni
menos sé qué autores sigo en él, para ponerlos al principio, como hacen
todos, por las letras del A B C, comenzando en Aristóteles y acabando en
Xenofonte y en Zoílo o Zeuxis, aunque fue maldiciente el uno y pintor el
otro. También ha de carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos de
sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o
poetas celebérrimos; aunque, si yo los pidiese a dos o tres oficiales
amigos, yo sé que me los darían, y tales, que no les igualasen los de
aquellos que tienen más nombre en nuestra España. En fin, señor y amigo mío
-proseguí-, yo determino que el señor don Quijote se quede sepultado en sus
archivos en la Mancha, hasta que el cielo depare quien le adorne de tantas
cosas como le faltan; porque yo me hallo incapaz de remediarlas, por mi
insuficiencia y pocas letras, y porque naturalmente soy poltrón y perezoso
de andarme buscando autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos. De
aquí nace la suspensión y elevamiento, amigo, en que me hallastes; bastante
causa para ponerme en ella la que de mí habéis oído.
Oyendo lo cual mi amigo, dándose una palmada en la
frente y disparando en una carga de risa, me dijo:
-Por Dios, hermano, que agora me acabo de
desengañar de un engaño en que he estado todo el mucho tiempo que ha que os
conozco, en el cual siempre os he tenido por discreto y prudente en todas
vuestras aciones. Pero agora veo que estáis tan lejos de serlo como lo está
el cielo de la tierra. ¿Cómo que es posible que cosas de tan poco momento
y tan fáciles de remediar puedan tener fuerzas de suspender y absortar un
ingenio tan maduro como el vuestro, y tan hecho a romper y atropellar por
otras dificultades mayores? A la fe, esto no nace de falta de habilidad,
sino de sobra de pereza y penuria de discurso. ¿Queréis ver si es verdad lo
que digo? Pues estadme atento y veréis cómo, en un abrir y cerrar de ojos,
confundo todas vuestras dificultades y remedio todas las faltas que decís
que os suspenden y acobardan para dejar de sacar a la luz del mundo la
historia de vuestro famoso don Quijote, luz y espejo de toda la caballería
andante.
-Decid -le repliqué yo, oyendo lo que me decía-:
¿de qué modo pensáis llenar el vacío de mi temor y reducir a claridad el
caos de mi confusión?
A lo cual él dijo:
-Lo primero en que reparáis de los sonetos,
epigramas o elogios que os faltan para el principio, y que sean de
personajes graves y de título, se puede remediar en que vos mesmo toméis
algún trabajo en hacerlos, y después los podéis bautizar y poner el nombre
que quisiéredes, ahijándolos al Preste Juan de las Indias o al Emperador de
Trapisonda, de quien yo sé que hay noticia que fueron famosos poetas; y
cuando no lo hayan sido y hubiere algunos pedantes y bachilleres que por
detrás os muerdan y murmuren desta verdad, no se os dé dos maravedís;
porque, ya que os averigüen la mentira, no os han de cortar la mano con que
lo escribistes.
»En lo de citar en las márgenes los libros y
autores de donde sacáredes las sentencias y dichos que pusiéredes en vuestra
historia, no hay más sino hacer, de manera que venga a pelo, algunas
sentencias o latines que vos sepáis de memoria, o, a lo menos, que os
cuesten poco trabajo el buscalle; como será poner, tratando de libertad y
cautiverio:
Non bene pro toto libertas venditur auro.
Y luego, en el margen, citar a Horacio o a quien
lo dijo. Si tratáredes del poder de la muerte, acudir luego con:
Pal[l]ida mors aequo pulsat pede pauperum
tabernas,
regumque turres.
Si de la
amistad y amor que Dios manda que se tenga al enemigo, entraros luego al
punto por la Escritura Divina, que lo podéis hacer con tantico de
curiosidad, y decir las palabras, por lo menos, del mismo Dios: Ego autem
dico vobis: diligite inimicos vestros. Si tratáredes de malos
pensamientos, acudid con el Evangelio: De corde exeunt
cogitationes malae. Si de la instabilidad de los amigos, ahí está Catón,
que os dará su dístico:
Donec eris felix, multos numerabis amicos
tempora si fuerint nubila, solus eris
Y con estos latinicos y otros tales os tendrán
siquiera por gramático, que el serlo no es de poca honra y provecho el día
de hoy.
»En lo que toca el poner anotaciones al fin del
libro, seguramente lo podéis hacer desta manera: si nombráis algún gigante
en vuestro libro, hacelde que sea el gigante Golías, y con sólo esto, que os
costará casi nada, tenéis una grande anotación, pues podéis poner: “El
gigante Golías, o Goliat, fue un filisteo a quien el pastor David mató de
una gran pedrada en el valle de Terebinto, según se cuenta en el Libro de
los Reyes, en el capítulo que vos halláredes que se escribe”. Tras esto,
para mostraros hombre erudito en letras humanas y cosmógrafo, haced de modo
como en vuestra historia se nombre el río Tajo, y veréisos luego con otra
famosa anotación, poniendo: “El río Tajo fue así dicho por un rey de las
Españas; tiene su nacimiento en tal lugar y muere en el mar océano, besando
los muros de la famosa ciudad de Lisboa; y es opinión que tiene las arenas
de oro, etc.”. Si tratáredes de ladrones, yo os diré la historia de Caco,
que la sé de coro; si de mujeres rameras, ahí está el obispo de Mondoñedo,
que os prestará a Lamia, Laida y Flora, cuya anotación os dará gran crédito;
si de crueles, Ovidio os entregará a Medea; si de encantadores y hechiceras,
Homero tiene a Calipso, y Virgilio a Circe; si de capitanes valerosos, el
mesmo Julio César os prestará a sí mismo en sus Comentarios, y
Plutarco os dará mil Alejandros. Si tratáredes de amores, con dos onzas que
sepáis de la lengua toscana, toparéis con León Hebreo, que os hincha las
medidas. Y si no queréis andaros por tierras extrañas, en vuestra casa
tenéis a Fonseca, Del amor de Dios, donde se cifra todo lo que vos y
el más ingenioso acertare a desear en tal materia. En resolución, no hay más
sino que vos procuréis nombrar estos nombres, o tocar estas historias en la
vuestra, que aquí he dicho, y dejadme a mí el cargo de poner las anotaciones
y acotaciones; que yo os voto a tal de llenaros las márgenes y de gastar
cuatro pliegos en el fin del libro.
»Vengamos ahora a la citación de los autores que
los otros libros tienen, que en el vuestro os faltan. El remedio que esto
tiene es muy fácil, porque no habéis de hacer otra cosa que buscar un libro
que los acote todos, desde la A hasta la Z, como vos decís. Pues ese mismo
abecedario pondréis vos en vuestro libro; que, puesto que a la clara se vea
la mentira, por la poca necesidad que vos teníades de aprovecharos dellos,
no importa nada; y quizá alguno habrá tan simple, que crea que de todos os
habéis aprovechado en la simple y sencilla historia vuestra; y, cuando no
sirva de otra cosa, por lo menos servirá aquel largo catálogo de autores a
dar de improviso autoridad al libro. Y más, que no habrá quien se ponga a
averiguar si los seguistes o no los seguistes, no yéndole nada en ello.
Cuanto más que, si bien caigo en la cuenta, este vuestro libro no tiene
necesidad de ninguna cosa de aquellas que vos decís que le falta, porque
todo él es una invectiva contra los libros de caballerías, de quien nunca se
acordó Aristóteles, ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cicerón; ni caen
debajo de la cuenta de sus fabulosos disparates las puntualidades de la
verdad, ni las observaciones de la astrología; ni le son de importancia las
medidas geométricas, ni la confutación de los argumentos de quien se sirve
la retórica; ni tiene para qué predicar a ninguno, mezclando lo humano con
lo divino, que es un género de mezcla de quien no se ha de vestir ningún
cristiano entendimiento. Sólo tiene que aprovecharse de la imitación en lo
que fuere escribiendo; que, cuanto ella fuere más perfecta, tanto mejor será
lo que se escribiere. Y, pues esta vuestra escritura no mira a más que a
deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los
libros de caballerías, no hay para qué andéis mendigando sentencias de
filósofos, consejos de la Divina Escritura, fábulas de poetas,
oraciones de retóricos, milagros de santos, sino procurar que a la llana,
con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración
y período sonoro y festivo; pintando, en todo lo que alcanzáredes y fuere
posible, vuestra intención, dando a entender vuestros conceptos sin
intricarlos y escurecerlos. Procurad también que, leyendo vuestra historia,
el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se
enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni
el prudente deje de alabarla. En efecto, llevad la mira puesta a derribar la
máquina mal fundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y
alabados de muchos más; que si esto alcanzásedes, no habríades alcanzado
poco.
Con silencio grande estuve escuchando lo que mi
amigo me decía, y de tal manera se imprimieron en mí sus razones que, sin
ponerlas en disputa, las aprobé por buenas y de ellas mismas quise hacer
este prólogo; en el cual verás, lector suave, la discreción de mi amigo, la
buena ventura mía en hallar en tiempo tan necesitado tal consejero, y el
alivio tuyo en hallar tan sincera y tan sin revueltas la historia del famoso
don Quijote de la Mancha, de quien hay opinión, por todos los
habitadores del distrito del campo de Montiel,
que fue el más casto enamorado y el más valiente caballero que de muchos
años a esta parte se vio en aquellos contornos. Yo no quiero encarecerte el
servicio que te hago en darte a conocer tan noble y tan honrado caballero,
pero quiero que me agradezcas el conocimiento que tendrás del famoso Sancho
Panza, su escudero, en quien, a mi parecer, te doy cifradas todas las
gracias escuderiles que en la caterva de los libros vanos de caballerías
están esparcidas.
Y con esto, Dios te dé salud y a mí no olvide.
Vale
Si de llegarte a los bue-,
libro, fueres con letu-,
no te dirá el boquirru-
que no pones bien los de-.
Mas si el pan no se te cue-
por ir a manos de idio-,
verás de manos a bo-,
aun no dar una en el cla-,
si bien se comen las ma-
por mostrar que son curio-.
Y, pues la espiriencia ense-
que el que a buen árbol se arri-
buena sombra le cobi-,
en
Béjar tu buena estre-
De un noble hidalgo manche-
contarás las aventu-,
a quien ociosas letu-,
trastornaron la cabe-:
damas,
armas, caballe-,
le provocaron de mo-,
que, cual Orlando furio-,
templado a lo enamora-,
alcanzó a fuerza de bra-
a Dulcinea del Tobo-.
No indiscretos hieroglí-
estampes en el escu-,
que,
cuando es todo figu-,
con
ruines puntos se envi-.
Si en
la dirección te humi-,
no
dirá, mofante, algu-:
«¡Qué
don Álvaro de Lu-,
qué
Aníbal el de Carta-,
qué
rey Francisco en Espa-
se
queja de la Fortu-!»
Pues
al cielo no le plu-
que
salieses tan ladi-
como
el negro Juan Lati-,
hablar
latines rehú-.
No me
despuntes de agu-,
ni me
alegues con filó-,
porque, torciendo la bo-,
dirá
el que entiende la le-,
no un
palmo de las ore-:
«¿Para
qué conmigo flo-?»
No te
metas en dibu-,
ni en
saber vidas aje-,
que,
en lo que no va ni vie-,
pasar
de largo es cordu-,
que
suelen en caperu-
darles
a los que grace-;
mas tú
quémate las ce-
sólo
en cobrar buena fa-;
que el
que imprime neceda-
dalas
a censo perpe-.
Advierte que es desati-,
siendo
de vidrio el teja-,
tomar
piedras en las ma-
para
tirar al veci-.
Deja que el hombre de jui-,
en las
obras que compo-,
se
vaya con pies de plo-;
para
entretener donce-
escribe a tontas y a lo-.
Soneto
Tú,
que imitaste la llorosa vida
que
tuve, ausente y desdeñado sobre
el
gran ribazo de la Peña Pobre,
de
alegre a penitencia reducida;
tú, a
quien los ojos dieron la bebida
de
abundante licor, aunque salobre,
y
alzándote la plata, estaño y cobre,
te dio
la tierra en tierra la comida,
vive
seguro de que eternamente,
en
tanto, al menos, que en la cuarta esfera,
sus
caballos aguije el rubio Apolo,
tendrás claro renombre de valiente;
tu
patria será en todas la primera;
tu
sabio autor, al mundo único y solo.
Soneto
Rompí, corté, abollé, y dije y hice
más que en el orbe caballero andante;
fui diestro, fui valiente, fui arrogante;
mil agravios vengué, cien mil deshice.
Hazañas di a la Fama que eternice;
fui comedido y regalado amante;
fue enano para mí todo gigante,
y al duelo en cualquier punto satisfice.
Tuve a mis pies postrada la Fortuna,
y trajo del copete mi cordura
a la calva Ocasión al estricote.
Más, aunque sobre el cuerno de la luna
siempre se vio encumbrada mi ventura,
tus proezas envidio, ¡oh gran Quijote!
La señora Oriana
Soneto
¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea,
por más comodidad y más reposo,
a Miraflores puesto en el Toboso,
y trocara sus Londres con tu aldea!
¡Oh, quién de tus deseos y librea
alma y cuerpo adornara, y del famoso
caballero que hiciste venturoso
mirara alguna desigual pelea!
¡Oh, quién tan castamente se escapara
del señor Amadís como tú hiciste
del comedido hidalgo don Quijote!
Que así envidiada fuera, y no envidiara,
y fuera alegre el tiempo que fue triste,
y gozara los gustos sin escote.
Gandalín, escudero de Amadís de
Gaula,
Soneto
Salve, varón famoso, a quien Fortuna,
cuando en el trato escuderil te puso,
tan blanda y cuerdamente lo dispuso,
que lo pasaste sin desgracia alguna.
Ya la azada o la hoz poco repugna
al andante ejercicio; ya está en uso
la llaneza escudera, con que acuso
al soberbio que intenta hollar la luna.
Envidio a tu jumento y a tu nombre,
y a tus alforjas igualmente invidio,
que mostraron tu cuerda providencia.
Salve otra vez, ¡oh Sancho!, tan buen hombre,
que a solo tú nuestro español Ovidio
con buzcorona te hace reverencia.
Del Donoso, poeta entreverado,
Soy Sancho Panza, escude-
del manchego don Quijo-.
Puse pies en polvoro-,
por vivir a lo discre-;
que el tácito Villadie-
toda su razón de esta-
cifró en una retira-,
según siente Celesti-,
libro, en mi opinión, divi-
si encubriera más lo huma-.
A Rocinante
Soy Rocinante, el famo-,
bisnieto del gran Babie-.
Por pecados de flaque-,
fui a poder de un don Quijo-.
Parejas corrí a lo flo-;
mas, por uña de caba-,
no se me escapó ceba-;
que esto saqué a Lazari-
cuando, para hurtar el vi-
al ciego, le di la pa-.
Orlando furioso
Soneto
Si no eres par, tampoco le has tenido:
que par pudieras ser entre mil pares;
ni puede haberle donde tú te hallares,
invito vencedor, jamás vencido.
Orlando soy, Quijote, que, perdido
por Angélica, vi remotos mares,
ofreciendo a la Fama en sus altares
aquel valor que respetó el olvido.
No puedo ser tu igual; que este decoro
se debe a tus proezas y a tu fama,
puesto que, como yo, perdiste el seso.
Mas serlo has mío, si al soberbio moro
y cita fiero domas, que hoy nos llama
iguales en amor con mal suceso.
El Caballero del Febo
Soneto
A vuestra espada no igualó la mía,
Febo español, curioso cortesano,
ni a la alta gloria de valor mi mano,
que rayo fue do nace y muere el día.
Imperios desprecié; la monarquía
que me ofreció el Oriente rojo en vano
dejé, por ver el rostro soberano
de Claridiana, aurora hermosa mía.
Améla por milagro único y raro,
y, ausente en su desgracia, el propio infierno
temió mi brazo, que domó su rabia.
Mas vos, godo Quijote, ilustre y claro,
por Dulcinea sois al mundo eterno,
y
ella, por vos, famosa, honesta y sabia.
De Solisdán
Soneto
Maguer, señor Quijote, que sandeces
vos tengan el cerbelo derrumbado,
nunca seréis de alguno reprochado
por home de obras viles y soeces.
Serán vuesas fazañas los joeces,
pues tuertos desfaciendo habéis andado,
siendo vegadas mil apaleado
por follones cautivos y raheces.
Y si la vuesa linda Dulcinea
desaguisado contra vos comete,
ni a vuesas cuitas muestra buen talante,
en tal desmán, vueso conorte sea
que Sancho Panza fue mal alcagüete,
necio él, dura ella, y vos no amante.
Diálogo entre Babieca y Rocinante
Soneto
B.
¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?
R.
Porque nunca se come y se trabaja
B.
Pues ¿qué es de la cebada y de la paja?
R.
No me deja mi amo ni un bocado.
B.
Andá, señor, que estáis muy mal criado,
pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.
R.
Asno se es de la cuna a la mortaja.
¿Queréislo ver? Miraldo enamorado.
B.
¿Es necedad amar?
R.
No es gran prudencia.
B.
Metafísico estáis.
R.
Es que no como.
B.
Quejaos del escudero.
R.
No es bastante.
¿Cómo me he de quejar en mi dolencia,
si el amo y escudero o mayordomo
son tan rocines como Rocinante?
Primera parte
Capítulo primero
Que trata de la condición y ejercicio del famoso
hidalgo don Quijote de la Mancha
EN UN LUGAR de la Mancha, de cuyo nombre no quiero
acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en
astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo
más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los
sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos,
consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de
velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo,
y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en
su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a
los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como
tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta
años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran
madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de
Quijada o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que
deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender
que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que
en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo,
los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros
de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el
ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda. Y llegó a tanto
su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de
sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su
casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan
bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad
de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más
cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en
muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se
hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la
vuestra fermosura. Y también cuando leía: [...] los altos cielos que
de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen
merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.
Con estas razones perdía el pobre caballero el
juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se
lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo
ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía,
porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no
dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales.
Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de
aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma
y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo
hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos
no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar
-que era hombre docto, graduado en Sigüenza-, sobre cuál había sido mejor
caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás,
barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y
que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de
Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero
melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le
iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su letura,
que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio
en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro,
de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello
que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas,
desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y
asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina
de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él no había
otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había
sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero de la
Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y
descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en
Roncesvalles había muerto a Roldán, el encantado, valiéndose de la industria
de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos.
Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación
gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien
criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más
cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en
allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su
historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama
que tenía y aun a su sobrina de añadidura.
En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el
más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo; y fue que le pareció
convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el
servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse por todo el
mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo
aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban,
deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros
donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya
coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda;
y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que
en ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba.
Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que
habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho,
luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas
y aderezólas lo mejor que pudo, pero vio que tenían una gran falta, y era
que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su
industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que, encajada
con el morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que para
probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su
espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que
había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que
la había hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de
nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que él
quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia
della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.
Fue luego a ver su rocín, y, aunque tenía más
cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum
pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni
Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en
imaginar qué nombre le pondría; porque, según se decía él a sí mesmo, no era
razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese
sin nombre conocido; y ansí, procuraba acomodársele de manera que declarase
quién había sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era
entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado,
mudase él también el nombre, y [le] cobrase famoso y de estruendo, como
convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba. Y así,
después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó
a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante:
nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido
cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de
todos los rocines del mundo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo,
quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al
cabo se vino a llamar don Quijote; de donde -como queda dicho-
tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se
debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir. Pero,
acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse
Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por Hepila
famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir
al suyo el nombre de la suya y llamarse don Quijote de la Mancha, con
que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba
con tomar el sobrenombre della.
Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión
celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a
entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien
enamorarse; porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin
fruto y cuerpo sin alma. Decíase él:
-Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena
suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les
acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto
por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien
tener a quien enviarle presentado y que entre y se hinque de rodillas ante
mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido: «Yo, señora, soy el
gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en
singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la
Mancha, el cual me mandó que me presentase ante vuestra merced, para que la
vuestra grandeza disponga de mí a su talante?».
¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando
hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama!
Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza
labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado,
aunque, según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata dello.
Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de
señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del
suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a
llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso; nombre,
a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a
él y a sus cosas había puesto.
Capítulo II
Que trata de la primera salida que de su tierra
hizo el ingenioso don Quijote
HECHAS, pues, estas prevenciones, no quiso
aguardar más tiempo a poner en efeto su pensamiento, apretándole a ello la
falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los
agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que emendar,
y abusos que mejorar y deudas que satisfacer. Y así, sin dar parte a persona
alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes del
día, que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus
armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su
adarga, tomó su lanza y, por la puerta falsa de un corral, salió al campo
con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado
principio a su buen deseo. Mas, apenas se vio en el campo, cuando le asaltó
un pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada
empresa; y fue que le vino a la memoria que no era armado caballero y que,
conforme a ley de caballería, ni podía ni debía tomar armas con ningún
caballero; y, puesto que lo fuera, había de llevar armas blancas, como novel
caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase.
Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito; mas, pudiendo más
su locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del
primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según
él había leído en los libros que tal le tenían. En lo de las armas blancas,
pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen más que un
armiño; y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que
aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de
las aventuras.
Yendo, pues, caminando nuestro flamante
aventurero, iba hablando consigo mesmo y diciendo:
-¿Quién duda sino que en los venideros tiempos,
cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio
que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida
tan de mañana, desta manera?: «Apenas había el rubicundo Apolo tendido por
la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos
cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus arpadas
lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada
aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y
balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso
caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre
su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido
campo de Montiel».
Y era la verdad que por él caminaba. Y añadió
diciendo:
-Dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde
saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces,
esculpirse en mármoles y pintarse en tablas para memoria en lo futuro. ¡Oh
tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser
coronista desta peregrina historia, ruégote que no te olvides de mi buen
Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras!
Luego volvía diciendo, como si verdaderamente
fuera enamorado:
-¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo
corazón!, mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el
riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura.
Plégaos, señora, de membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas
cuitas por vuestro amor padece.
Con éstos iba ensartando otros disparates, todos
al modo de los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía
su lenguaje. Con esto, caminaba tan despacio, y el sol entraba tan apriesa y
con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos
tuviera.
Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa
que de contar fuese, de lo cual se desesperaba, porque quisiera topar
luego luego con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo.
Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la del Puerto
Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero, lo que yo he
podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los Anales
de la Mancha, es que él anduvo todo aquel día y, al anochecer, su rocín
y él se hallaron cansados y muertos de hambre; y que, mirando a todas partes
por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde
recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no
lejos del camino por donde iba, una venta, que fue como si viera una
estrella que, no a los portales, sino a los alcázares de su redención le
encaminaba. Diose priesa a caminar y llegó a ella a tiempo que anochecía.
Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas,
destas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros
que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada; y, como a nuestro
aventurero todo cuanto pensaba, veía o imaginaba le parecía ser hecho y
pasar al modo de lo que había leído, luego que vio la venta, se le
representó que era un castillo con sus cuatro torres y chapiteles de
luciente plata, sin faltarle su puente levadiza y honda cava, con todos
aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan. Fuese llegando a la
venta, que a él le parecía castillo, y a poco trecho della detuvo las
riendas a Rocinante, esperando que algún enano se pusiese entre las almenas
a dar señal con alguna trompeta de que llegaba caballero al castillo. Pero,
como vio que se tardaban y que Rocinante se daba priesa por llegar a la
caballeriza, se llegó a la puerta de la venta, y vio a las dos destraídas
mozas que allí estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos
graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando.
En esto, sucedió acaso que un porquero que andaba recogiendo de unos
rastrojos una manada de puercos -que, sin perdón, así se llaman- tocó un
cuerno, a cuya señal ellos se recogen, y al instante se le representó a don
Quijote lo que deseaba, que era que algún enano hacía señal de su venida; y
así, con estraño contento, llegó a la venta y a las damas, las cuales, como
vieron venir un hombre de aquella suerte, armado y con lanza y adarga,
llenas de miedo, se iban a entrar en la venta; pero don Quijote, coligiendo
por su huida su miedo, alzándose la visera de papelón y descubriendo su seco
y polvoroso rostro, con gentil talante y voz reposada, les dijo:
-No fuyan las vuestras mercedes ni teman
desaguisado alguno; ca a la orden de caballería que profeso non toca ni
atañe facerle a ninguno, cuanto más a tan altas doncellas como vuestras
presencias demuestran.
Mirábanle las mozas y andaban con los ojos
buscándole el rostro, que la mala visera le encubría; mas, como se oyeron
llamar doncellas, cosa tan fuera de su profesión, no pudieron tener la risa,
y fue de manera que don Quijote vino a correrse y a decirles:
-Bien parece la mesura en las fermosas, y es mucha
sandez además la risa que de leve causa procede; pero no vos lo digo porque
os acuitedes ni mostredes mal talante; que el mío non es de ál que de
serviros.
El lenguaje, no entendido de las señoras, y el mal
talle de nuestro caballero acrecentaba en ellas la risa y en él el enojo; y
pasara muy adelante si a aquel punto no saliera el ventero, hombre que, por
ser muy gordo, era muy pacífico, el cual, viendo aquella figura contrahecha,
armada de armas tan desiguales como eran la brida, lanza, adarga y
coselete, no estuvo en nada en acompañar a las doncellas en las muestras de
su contento. Mas, en efeto, temiendo la máquina de tantos pertrechos,
determinó de hablarle comedidamente; y así, le dijo:
-Si vuestra merced, señor caballero, busca posada,
amén del lecho (porque en esta venta no hay ninguno), todo lo demás se
hallará en ella en mucha abundancia.
Viendo don Quijote la humildad del alcaide de la
fortaleza, que tal le pareció a él el ventero y la venta, respondió:
-Para mí, señor castellano, cualquiera cosa basta,
porque
mis arreos son las armas,
mi descanso el pelear, etc
Pensó el huésped que el haberle llamado castellano
había sido por haberle parecido de los sanos de Castilla, aunque él era
andaluz y de los de la playa de Sanlúcar, no menos ladrón que Caco, ni menos
maleante que estudiantado paje; y así, le respondió:
-Según eso, las camas de vuestra merced serán
duras peñas, y su dormir, siempre velar; y siendo así, bien se puede apear,
con seguridad de hallar en esta choza ocasión y ocasiones para no dormir en
todo un año, cuanto más en una noche.
Y, diciendo esto, fue a tener el estribo a don
Quijote, el cual se apeó con mucha dificultad y trabajo, como aquel que en
todo aquel día no se había desayunado.
Dijo luego al huésped que le tuviese mucho cuidado
de su caballo, porque era la mejor pieza que comía pan en el mundo. Miróle
el ventero, y no le pareció tan bueno como don Quijote decía, ni aun la
mitad; y, acomodándole en la caballeriza, volvió a ver lo que su huésped
mandaba, al cual estaban desarmando las doncellas, que ya se habían
reconciliado con él; las cuales, aunque le habían quitado el peto y el
espaldar, jamás supieron ni pudieron desencajarle la gola, ni quitalle la
contrahecha celada, que traía atada con unas cintas verdes, y era menester
cortarlas, por no poderse quitar los ñudos; mas él no lo quiso consentir en
ninguna manera, y así, se quedó toda aquella noche con la celada puesta, que
era la más graciosa y estraña figura que se pudiera pensar; y, al
desarmarle, como él se imaginaba que aquellas traídas y llevadas que le
desarmaban eran algunas principales señoras y damas de aquel castillo, les
dijo con mucho donaire:
-Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera don Quijote
cuando de su aldea vino:
doncellas curaban dél;
princesas, del su rocino,
o Rocinante, que éste es el nombre, señoras mías,
de mi caballo, y don Quijote de la Mancha el mío; que, puesto que no
quisiera descubrirme fasta que las fazañas fechas en vuestro servicio y pro
me descubrieran, la fuerza de acomodar al propósito presente este romance
viejo de Lanzarote ha sido causa que sepáis mi nombre antes de toda sazón;
pero, tiempo vendrá en que las vuestras señorías me manden y yo obedezca, y
el valor de mi brazo descubra el deseo que tengo de serviros.
Las mozas, que no estaban hechas a oír semejantes
retóricas, no respondían palabra; sólo le preguntaron si quería comer alguna
cosa.
-Cualquiera yantaría yo -respondió don Quijote-,
porque, a lo que entiendo, me haría mucho al caso.
A dicha, acertó a ser viernes aquel día, y no
había en toda la venta sino unas raciones de un pescado que en Castilla
llaman abadejo, y en Andalucía bacallao, y en otras partes curadillo, y en
otras truchuela. Preguntáronle si por ventura comería su merced truchuela,
que no había otro pescado que dalle a comer.
-Como haya muchas truchuelas -respondió don
Quijote-, podrán servir de una trucha, porque eso se me da que me den ocho
reales en sencillos que en una pieza de a ocho. Cuanto más, que podría ser
que fuesen estas truchuelas como la ternera, que es mejor que la vaca, y el
cabrito que el cabrón. Pero, sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y
peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas.
Pusiéronle la mesa a la puerta de la venta, por el
fresco, y trújole el huésped una porción del mal remojado y peor cocido
bacallao, y un pan tan negro y mugriento como sus armas; pero era materia de
grande risa verle comer, porque, como tenía puesta la celada y alzada la
visera, no podía poner nada en la boca con sus manos si otro no se lo daba y
ponía; y ansí, una de aquellas señoras servía deste menester. Mas, al darle
de beber, no fue posible, ni lo fuera si el ventero no horadara una caña, y,
puesto el un cabo en la boca, por el otro le iba echando el vino; y todo
esto lo recebía en paciencia, a trueco de no romper las cintas de la celada.
Estando en esto, llegó acaso a la venta un
castrador de puercos; y, así como llegó, sonó su silbato de cañas cuatro o
cinco veces, con lo cual acabó de confirmar don Quijote que estaba en algún
famoso castillo, y que le servían con música, y que el abadejo eran truchas;
el pan, candeal; y las rameras, damas; y el ventero, castellano del
castillo, y con esto daba por bien empleada su determinación y salida. Mas
lo que más le fatigaba era el no verse armado caballero, por parecerle que
no se podría poner legítimamente en aventura alguna sin recebir la orden de
caballería.
Capítulo III
Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don
Quijote en armarse caballero
Y ASÍ, fatigado deste pensamiento, abrevió su
venteril y limitada cena; la cual acabada, llamó al ventero y, encerrándose
con él en la caballeriza, se hincó de rodillas ante él, diciéndole:
-No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso
caballero, fasta que la vuestra cortesía me otorgue un don que pedirle
quiero, el cual redundará en alabanza vuestra y en pro del género humano.
El ventero, que vio a su huésped a sus pies y oyó
semejantes razones, estaba confuso mirándole, sin saber qué hacerse ni
decirle, y porfiaba con él que se levantase, y jamás quiso, hasta que le
hubo de decir que él le otorgaba el don que le pedía.
-No esperaba yo menos de la gran magnificencia
vuestra, señor mío -respondió don Quijote-; y así, os digo que el don que os
he pedido, y de vuestra liberalidad me ha sido otorgado, es que mañana en
aquel día me habéis de armar caballero, y esta noche en la capilla deste
vuestro castillo velaré las armas; y mañana, como tengo dicho, se cumplirá
lo que tanto deseo, para poder, como se debe, ir por todas las cuatro partes
del mundo buscando las aventuras, en pro de los menesterosos, como está a
cargo de la caballería y de los caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo
a semejantes fazañas es inclinado.
El ventero, que, como está dicho, era un poco
socarrón y ya tenía algunos barruntos de la falta de juicio de su huésped,
acabó de creerlo cuando acabó de oírle semejantes razones, y, por tener qué
reír aquella noche, determinó de seguirle el humor; y así, le dijo que
andaba muy acertado en lo que deseaba y pedía, y que tal prosupuesto era
propio y natural de los caballeros tan principales como él parecía y como
su gallarda presencia mostraba; y que él, ansimesmo, en los años de su
mocedad, se había dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas
partes del mundo buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los
Percheles de Málaga, Islas de Riarán, Compás de Sevilla, Azoguejo de
Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de Sanlúcar,
Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo y otras diversas partes, donde
había ejercitado la ligereza de sus pies, sutileza de sus manos, haciendo
muchos tuertos, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas y
engañando a algunos pupilos y, finalmente, dándose a conocer por cuantas
audiencias y tribunales hay casi en toda España; y que, a lo último, se
había venido a recoger a aquel su castillo, donde vivía con su hacienda y
con las ajenas, recogiendo en él a todos los caballeros andantes, de
cualquiera calidad y condición que fuesen, sólo por la mucha afición que les
tenía y porque partiesen con él de sus haberes, en pago de su buen deseo.
Díjole también que en aquel su castillo no había
capilla alguna donde poder velar las armas, porque estaba derribada para
hacerla de nuevo; pero que, en caso de necesidad, él sabía que se podían
velar dondequiera, y que aquella noche las podría velar en un patio del
castillo; que a la mañana, siendo Dios servido, se harían las debidas
ceremonias, de manera que él quedase armado caballero, y tan caballero que
no pudiese ser más en el mundo.
Preguntóle si traía dineros; respondió don Quijote
que no traía blanca, porque él nunca había leído en las historias de los
caballeros andantes que ninguno los hubiese traído. A esto dijo el ventero
que se engañaba; que, puesto caso que en las historias no se escribía, por
haberles parecido a los autores dellas que no era menester escrebir una cosa
tan clara y tan necesaria de traerse como eran dineros y camisas limpias, no
por eso se había de creer que no los trujeron; y así, tuviese por cierto y
averiguado que todos los caballeros andantes, de que tantos libros están
llenos y atestados, llevaban bien herradas las bolsas, por lo que pudiese
sucederles; y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña llena de
ungüentos para curar las heridas que recebían, porque no todas veces en los
campos y desiertos donde se combatían y salían heridos había quien los
curase, si ya no era que tenían algún sabio encantador por amigo, que luego
los socorría, trayendo por el aire, en alguna nube, alguna doncella o enano
con alguna redoma de agua de tal virtud que, en gustando alguna gota della,
luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno
hubiesen tenido. Mas que, en tanto que esto no hubiese, tuvieron los pasados
caballeros por cosa acertada que sus escuderos fuesen proveídos de dineros y
de otras cosas necesarias, como eran hilas y ungüentos para curarse; y,
cuando sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos, que eran pocas
y raras veces, ellos mesmos lo llevaban todo en unas alforjas muy sutiles,
que casi no se parecían, a las ancas del caballo, como que era otra cosa de
más importancia; porque, no siendo por ocasión semejante, esto de llevar
alforjas no fue muy admitido entre los caballeros andantes; y por esto le
daba por consejo, pues aún se lo podía mandar como a su ahijado, que tan
presto lo había de ser, que no caminase de allí adelante sin dineros y sin
las prevenciones referidas, y que vería cuán bien se hallaba con ellas
cuando menos se pensase.
Prometióle don Quijote de hacer lo que se le
aconsejaba con toda puntualidad; y así, se dio luego orden como velase las
armas en un corral grande que a un lado de la venta estaba; y, recogiéndolas
don Quijote todas, las puso sobre una pila que junto a un pozo estaba y,
embrazando su adarga, asió de su lanza y con gentil continente se comenzó a
pasear delante de la pila; y cuando comenzó el paseo comenzaba a cerrar la
noche.
Contó el ventero a todos cuantos estaban en la
venta la locura de su huésped, la vela de las armas y la armazón de
caballería que esperaba. Admiráronse de tan estraño género de locura y
fuéronselo a mirar desde lejos, y vieron que, con sosegado ademán, unas
veces se paseaba; otras, arrimado a su lanza, ponía los ojos en las armas,
sin quitarlos por un buen espacio dellas. Acabó de cerrar la noche, pero con
tanta claridad de la luna, que podía competir con el que se la prestaba, de
manera que cuanto el novel caballero hacía era bien visto de todos.
Antojósele en esto a uno de los arrieros que estaban en la venta ir a dar
agua a su recua, y fue menester quitar las armas de don Quijote, que estaban
sobre la pila; el cual, viéndole llegar, en voz alta le dijo:
-¡Oh tú, quienquiera que seas, atrevido caballero,
que llegas a tocar las armas del más valeroso andante que jamás se ciñó
espada!, mira lo que haces y no las toques, si no quieres dejar la vida en
pago de tu atrevimiento.
No se curó el arriero destas
razones (y fuera mejor que se curara, porque fuera curarse en salud); antes,
trabando de las correas, las arrojó gran trecho de sí. Lo cual visto por don
Quijote, alzó los ojos al cielo y, puesto el pensamiento -a lo que pareció-
-Acorredme, señora mía, en esta primera afrenta
que a este vuestro avasallado pecho se le ofrece; no me desfallezca en este
primero trance vuestro favor y amparo.
Y, diciendo estas y otras semejantes razones,
soltando la adarga, alzó la lanza a dos manos y dio con ella tan gran golpe
al arriero en la cabeza, que le derribó en el suelo, tan maltrecho que, si
segundara con otro, no tuviera necesidad de maestro que le curara. Hecho
esto, recogió sus armas y tornó a pasearse con el mismo reposo que primero.
Desde allí a poco, sin saberse lo que había pasado (porque aún estaba
aturdido el arriero), llegó otro con la mesma intención de dar agua a sus
mulos; y, llegando a quitar las armas para desembarazar la pila, sin hablar
don Quijote palabra y sin pedir favor a nadie, soltó otra vez la adarga y
alzó otra vez la lanza y, sin hacerla pedazos, hizo más de tres la cabeza
del segundo arriero, porque se la abrió por cuatro. Al ruido acudió toda la
gente de la venta, y entre ellos el ventero. Viendo esto don Quijote,
embrazó su adarga y, puesta mano a su espada, dijo:
-¡Oh señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del
debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza
a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo.
Con esto cobró, a su parecer, tanto ánimo, que si
le acometieran todos los arrieros del mundo, no volviera el pie atrás. Los
compañeros de los heridos, que tales los vieron, comenzaron desde lejos a
llover piedras sobre don Quijote, el cual, lo mejor que podía, se reparaba
con su adarga, y no se osaba apartar de la pila por no desamparar las armas.
El ventero daba voces que le dejasen, porque ya les había dicho como era
loco, y que por loco se libraría, aunque los matase a todos. También don
Quijote las daba, mayores, llamándolos de alevosos y traidores, y que el
señor del castillo era un follón y mal nacido caballero, pues de tal manera
consentía que se tratasen los andantes caballeros; y que si él hubiera
recebido la orden de caballería, que él le diera a entender su alevosía:
-Pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago
caso alguno: tirad, llegad, venid y ofendedme en cuanto pudiéredes, que
vosotros veréis el pago que lleváis de vuestra sandez y demasía.
Decía esto con tanto brío y denuedo, que infundió
un terrible temor en los que le acometían; y, así por esto como por las
persuasiones del ventero, le dejaron de tirar, y él dejó retirar a los
heridos y tornó a la vela de sus armas con la misma quietud y sosiego que
primero.
No le parecieron bien al ventero las burlas de su
huésped, y determinó abreviar y darle la negra orden de caballería luego,
antes que otra desgracia sucediese. Y así, llegándose a él, se desculpó de
la insolencia que aquella gente baja con él había usado, sin que él supiese
cosa alguna; pero que bien castigados quedaban de su atrevimiento. Díjole
cómo ya le había dicho que en aquel castillo no había capilla, y para lo que
restaba de hacer tampoco era necesaria; que todo el toque de quedar armado
caballero consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según él tenía
noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un campo se
podía hacer, y que ya había cumplido con lo que tocaba al velar de las
armas, que con solas dos horas de vela se cumplía, cuanto más, que él había
estado más de cuatro. Todo se lo creyó don Quijote, [y dijo] que él estaba
allí pronto para obedecerle, y que concluyese con la mayor brevedad que
pudiese; porque si fuese otra vez acometido y se viese armado caballero, no
pensaba dejar persona viva en el castillo, eceto aquellas que él le mandase,
a quien por su respeto dejaría.
Advertido y medroso desto el castellano, trujo
luego un libro donde asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros, y
con un cabo de vela que le traía un muchacho, y con las dos ya dichas
doncellas, se vino adonde don Quijote estaba, al cual mandó hincar de
rodillas; y, leyendo en su manual, como que decía alguna devota oración, en
mitad de la leyenda alzó la mano y diole sobre el cuello un buen golpe, y
tras él, con su mesma espada, un gentil espaldarazo, siempre murmurando
entre dientes, como que rezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas
que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y
discreción, porque no fue menester poca para no reventar de risa a cada
punto de las ceremonias; pero las proezas que ya habían visto del novel
caballero les tenía la risa a raya. Al ceñirle la espada, dijo la buena
señora:
-Dios haga a vuestra merced muy venturoso
caballero y le dé ventura en lides.
Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él
supiese de allí adelante a quién quedaba obligado por la merced recebida;
porque pensaba darle alguna parte de la honra que alcanzase por el valor de
su brazo. Ella respondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que
era hija de un remendón natural de Toledo que vivía a las tendillas de
Sancho Bienaya, y que dondequiera que ella estuviese le serviría y le
tendría por señor. Don Quijote le replicó que, por su amor, le hiciese
merced que de allí adelante se pusiese don y se llamase doña Tolosa.
Ella se lo prometió, y la otra le calzó la espuela, con la cual le pasó casi
el mismo coloquio que con la de la espada: preguntóle su nombre, y dijo que
se llamaba la Molinera, y que era hija de un honrado molinero de Antequera;
a la cual también rogó don Quijote que se pusiese don y se llamase
doña Molinera, ofreciéndole nuevos servicios y mercedes.
Hechas, pues, de galope y aprisa las hasta allí
nunca vistas ceremonias, no vio la hora don Quijote de verse a caballo y
salir buscando las aventuras; y, ensillando luego a Rocinante, subió en él
y, abrazando a su huésped, le dijo cosas tan estrañas, agradeciéndole la
merced de haberle armado caballero, que no es posible acertar a referirlas.
El ventero, por verle ya fuera de la venta, con no menos retóricas, aunque
con más breves palabras, respondió a las suyas y, sin pedirle la costa de la
posada, le dejó ir a la buen hora.
Capítulo IV
De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando
salió de la venta
LA DEL ALBA sería cuando don Quijote salió de la
venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado
caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo. Mas,
viniéndole a la memoria los consejos de su huésped cerca de las prevenciones
tan necesarias que había de llevar consigo, especial la de los dineros y
camisas, determinó volver a su casa y acomodarse de todo, y de un escudero,
haciendo cuenta de recebir a un labrador vecino suyo, que era pobre y con
hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería. Con
este pensamiento guió a Rocinante hacia su aldea, el cual, casi conociendo
la querencia, con tanta gana comenzó a caminar, que parecía que no ponía los
pies en el suelo.
No había andado mucho, cuando le pareció que a su
diestra mano, de la espesura de un bosque que allí estaba, salían unas voces
delicadas, como de persona que se quejaba; y apenas las hubo oído, cuando
dijo:
-Gracias doy al cielo por la merced que me hace,
pues tan presto me pone ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que
debo a mi profesión, y donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos.
Estas voces, sin duda, son de algún menesteroso o menesterosa que ha
menester mi favor y ayuda.
Y, volviendo las riendas, encaminó a Rocinante
hacia donde le pareció que las voces salían. Y, a pocos pasos que entró por
el bosque, vio atada una yegua a una encina, y atado en otra a un muchacho,
desnudo de medio cuerpo arriba, hasta de edad de quince años, que era el que
las voces daba; y no sin causa, porque le estaba dando con una pretina
muchos azotes un labrador de buen talle, y cada azote le acompañaba con una
reprehensión y consejo. Porque decía:
-La lengua queda y los ojos listos.
Y el muchacho respondía:
-No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de
Dios, que no lo haré otra vez; y yo prometo de tener de aquí adelante más
cuidado con el hato.
Y, viendo don Quijote lo que pasaba, con voz
airada dijo:
-Descortés caballero, mal parece tomaros con quien
defender no se puede; subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza -que
también tenía una lanza arrimada a la encina adonde estaba arrendada la
yegua-, que yo os haré conocer ser de cobardes lo que estáis haciendo.
El labrador, que vio sobre sí aquella figura llena
de armas blandiendo la lanza sobre su rostro, túvose por muerto, y con
buenas palabras respondió:
-Señor caballero, este muchacho que estoy
castigando es un mi criado, que me sirve de guardar una manada de ovejas que
tengo en estos contornos, el cual es tan descuidado, que cada día me falta
una; y, porque castigo su descuido, o bellaquería, dice que lo hago de
miserable, por no pagalle la soldada que le debo, y en Dios y en mi ánima
que miente.
-¿«Miente», delante de mí, ruin villano? -dijo don
Quijote-. Por el sol que nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte
con esta lanza. Pagadle luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos
rige, que os concluya y aniquile en este punto. Desatadlo luego.
El labrador bajó la cabeza y, sin responder
palabra, desató a su criado, al cual preguntó don Quijote que cuánto le
debía su amo. Él dijo que nueve meses, a siete reales cada mes. Hizo la
cuenta don Quijote y halló que montaban setenta y tres reales, y díjole al
labrador que al momento los desembolsase, si no quería morir por ello.
Respondió el medroso villano que para el paso en que estaba y juramento que
había hecho -y aún no había jurado nada-, que no eran tantos, porque se le
habían de descontar y recebir en cuenta tres pares de zapatos que le había
dado y un real de dos sangrías que le habían hecho estando enfermo.
-Bien está todo eso -replicó don Quijote-, pero
quédense los zapatos y las sangrías por los azotes que sin culpa le habéis
dado; que si él rompió el cuero de los zapatos que vos pagastes, vos le
habéis rompido el de su cuerpo; y si le sacó el barbero sangre estando
enfermo, vos en sanidad se la habéis sacado; ansí que, por esta parte, no os
debe nada.
-El daño está, señor caballero, en que no tengo
aquí dineros: véngase Andrés conmigo a mi casa, que yo se los pagaré un real
sobre otro.
-¿Irme yo con él? -dijo el muchacho-. Mas ¡mal
año! No, señor, ni por pienso; porque, en viéndose solo, me desuelle como a
un San Bartolomé.
-No hará tal -replicó don Quijote-: basta que yo
se lo mande para que me tenga respeto; y con que él me lo jure por la ley de
caballería que ha recebido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga.
-Mire vuestra merced, señor, lo que dice -dijo el
muchacho-, que este mi amo no es caballero ni ha recebido orden de
caballería alguna; que es Juan Haldudo el rico, el vecino del Quintanar.
-Importa poco eso -respondió don Quijote-, que
Haldudos puede haber caballeros; cuanto más, que cada uno es hijo de sus
obras.
-Así es verdad -dijo Andrés-; pero este mi amo,
¿de qué obras es hijo, pues me niega mi soldada y mi sudor y trabajo?
-No niego, hermano Andrés -respondió el labrador-;
y hacedme placer de veniros conmigo, que yo juro por todas las órdenes que
de caballerías hay en el mundo de pagaros, como tengo dicho, un real sobre
otro, y aun sahumados.
-Del sahumerio os hago gracia -dijo don Quijote-;
dadselos en reales, que con eso me contento; y mirad que lo cumpláis como lo
habéis jurado; si no, por el mismo juramento os juro de volver a buscaros y
a castigaros, y que os tengo de hallar, aunque os escondáis más que una
lagartija. Y si queréis saber quién os manda esto, para quedar con más veras
obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha,
el desfacedor de agravios y sinrazones; y a Dios quedad, y no se os parta de
las mientes lo prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada.
Y, en diciendo esto, picó a su Rocinante, y en
breve espacio se apartó dellos. Siguióle el labrador con los ojos, y cuando
vio que había traspuesto del bosque y que ya no parecía, volvióse a su
criado Andrés y díjole:
-Venid acá, hijo mío, que os quiero pagar lo que
os debo, como aquel deshacedor de agravios me dejó mandado.
-Eso juro yo -dijo Andrés-; y ¡cómo que andará
vuestra merced acertado en cumplir el mandamiento de aquel buen caballero,
que mil años viva; que, según es de valeroso y de buen juez, vive Roque,
que si no me paga, que vuelva y ejecute lo que dijo!
-También lo juro yo -dijo el labrador-; pero, por
lo mucho que os quiero, quiero acrecentar la deuda por acrecentar la paga.
Y, asiéndole del brazo, le tornó a atar a la
encina, donde le dio tantos azotes que le dejó por muerto.
-Llamad, señor Andrés, ahora -decía el labrador-
al desfacedor de agravios, veréis cómo no desface aquéste; aunque creo que
no está acabado de hacer, porque me viene gana de desollaros vivo como vos
temíades.
Pero, al fin, le desató y le dio licencia que
fuese a buscar su juez, para que ejecutase la pronunciada sentencia. Andrés
se partió algo mohíno, jurando de ir a buscar al valeroso don Quijote de la
Mancha y contalle punto por punto lo que había pasado, y que se lo había de
pagar con las setenas. Pero, con todo esto, él se partió llorando y su amo
se quedó riendo.
Y desta manera deshizo el agravio el valeroso don
Quijote; el cual, contentísimo de lo sucedido, pareciéndole que había dado
felicísimo y alto principio a sus caballerías, con gran satisfación de sí
mismo iba caminando hacia su aldea, diciendo a media voz:
-Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy
viven en la tierra, ¡oh sobre las bellas bella Dulcinea del Toboso!, pues te
cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad e talante a un tan
valiente y tan nombrado caballero como lo es y será don Quijote de la
Mancha, el cual, como todo el mundo sabe, ayer rescibió la orden de
caballería, y hoy ha desfecho el mayor tuerto y agravio que formó la
sinrazón y cometió la crueldad: hoy quitó el látigo de la mano a aquel
despiadado enemigo que tan sin ocasión vapulaba a aquel delicado infante.
En esto, llegó a un camino que en cuatro se
dividía, y luego se le vino a la imaginación las encrucejadas donde los
caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquéllos tomarían y,
por imitarlos, estuvo un rato quedo; y, al cabo de haberlo muy bien pensado,
soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya, el
cual siguió su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza.
Y, habiendo andado como dos millas, descubrió don
Quijote un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos
mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Eran seis, y venían
con sus quitasoles, con otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas
a pie. Apenas los divisó don Quijote, cuando se imaginó ser cosa de nueva
aventura; y, por imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que
había leído en sus libros, le pareció venir allí de molde uno que pensaba
hacer. Y así, con gentil continente y denuedo, se afirmó bien en los
estribos, apretó la lanza, llegó la adarga al pecho y, puesto en la mitad
del camino, estuvo esperando que aquellos caballeros andantes llegasen, que
ya él por tales los tenía y juzgaba; y, cuando llegaron a trecho que se
pudieron ver y oír, levantó don Quijote la voz y con ademán arrogante dijo:
-Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no
confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz
de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.
Paráronse los mercaderes al son destas razones, y
a ver la estraña figura del que las decía; y, por la figura y por las
razones, luego echaron de ver la locura de su dueño; mas quisieron ver
despacio en qué paraba aquella confesión que se les pedía, y uno dellos,
que era un poco burlón y muy mucho discreto, le dijo:
-Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea
esa buena señora que decís; mostrádnosla: que si ella fuere de tanta
hermosura como significáis, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos
la verdad que por parte vuestra nos es pedida.
-Si os la mostrara -replicó don Quijote-, ¿qué
hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está
en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender;
donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia. Que, ahora
vengáis uno a uno, como pide la orden de caballería, ora todos juntos, como
es costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y
espero, confiado en la razón que de mi parte tengo.
-Señor caballero -replicó el mercader-, suplico a
vuestra merced, en nombre de todos estos príncipes que aquí e |