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"El Señor Fisher”

 

Dicen que el pez por la boca muere”, y es verdad.

El otro día conocí al señor Fisher en la orilla del mar, allá por las costas del Océano Pacifico, por el estado de Jalisco.

Acostumbro ignorar a las personas que me encuentro en mis recorridos por las playas, por considerar que quieren conservar su privacidad al igual que yo, y que es por eso nos levantamos a las 6 de la mañana cuando está a punto de salir el sol y la gente aún duerme.

Algo me llamó la atención esta ocasión; el señor Fisher que aparentemente pescaba, pero si lo hacia, realizaba esta actividad en una forma muy rara.

Estoy acostumbrado a encontrar en mis recorridos pescadores de todo tipo; algunos aficionados que llevan con ellos todo tipo de equipo: curricanes muy variados, dos o tres tipos de cañas, sillas plegadizas, su sombrilla que los protege del sol o de la lluvia; otros se introducen en el agua provistos de esos pantalones ahulados para protegerse de la humedad y con una caña especial arrojan a gran distancia su anzuelo, y por ultimo los profesionales  que viven de lo que pescan cotidianamente y que con gran destreza arrojan su atarraya o su red y en un par de horas tienen gran cantidad de peces que pueden vender en el mercado o en las cooperativas.

A la distancia,  aparentaba ser lo mismo que con los otros tipos de pescadores que arrojan su anzuelo adherido a un sedal y que recogen con una lata de refresco o con una botella en desuso, pero a medida que me acercaba note que no tenia botella  o lata, ni anzuelo y si un pequeño pez que se encontraba atado por la cola y que dejaba escapar de vez en cuando en las olas que se perdían en la humedad  de la arena.

Después de escapar el animalito de sus manos en dirección de lo mas profundo, el pescador dejaba correr el hilo unos dos o tres metros, antes de recuperar el sedal jalándolo con prontitud- hay que hacer notar que el sedal surgía de una gran bolsa en la cual se sentaba el Señor Fisher.

Esta forma tan especial de pescar y nunca vista por nadie llamó mi atención irremediablemente.

Me detuve a cierta distancia para no molestar  y atentamente seguí el desenlace de esta actividad y cuando estuve  a punto de perder el interés el Señor Fisher  dio varios pasos dentro del agua  y extrajo el pez que me pareció que no era el mismo, a no sea que la vista me engañara era mucho mas grande y de diferente color.

Intrigado no me quedo mas remedio que aproximarme, y si, efectivamente el pececillo tenía otras proporciones.

Incurriendo en lo que siempre reproche y armado de todo mi valor lo salude con unos ¡Buenos días!, aceptando de antemano el ser recibido por una cara agria o de plano no ser tomado en cuenta. Pero contra todo pronóstico, fue todo lo contrario; su cara amable y una respuesta similar  me dejaron sorprendido.

Acto seguido sacó el pez que por la proximidad lo veía cada vez mas grande y lo guardo en una bolsa con agua.

Después siguieron los comentarios de rigor cuando dos desconocidos tratan de abordar un tema sin encontrar algo definido para comenzar como son el clima, que siempre da buenos resultados, la política, con lo que a veces se meten las personas en problemas y otros temas igualmente de intranscendentes. Ofreciéndole un cigarrillo, el que aceptó gustoso nos sentamos a platicar, y yo un poco mas calmo le pedí disculpas por interrumpir su pesca a lo que el me respondió, que era la primera vez que alguien lo hacia, ya que normalmente el utiliza una técnica que lo hace pasar desapercibido entre la gente y que consiste en concentrarse tan intensamente en sus pensamientos que forma una barrera en torno a el y que seguramente yo soy de las personas que no solo salen a vagar en la playa y si de los escasos que observan todo a su alrededor.

Esto sonó como música para mis oídos ya que como todos soy un tanto vanidoso.

Continuamos con nuestra platica  largo rato, pudiendo yo informarle perfectamente de donde provenía, a que me dedicaba y no quedando claro lo referente a su persona, ni sus andanzas, ni su oficio por mas que trató de explicármelo con lujo de detalles los vericuetos de su vida.

En un momento que consideré oportuno sobre la manera tan especial que tenía de pescar tratando de evitar la palabra “rara”, por no ofender. Su respuesta fue clara:

En uno de sus viajes conoció a los pescadores Sumi y su tradicional técnica a base de canastas y decidió simplificar el proceso para poder realizarlo por una sola persona y no en conjunto como lo hacen en forma familiar estos antiguos pescadores.

Estos pescadores saben que el pez grande se come al chico por lo que colocan corrales en el lecho marino con entradas de canasta en forma de embudo quedando atrapados según su tamaño los menores en mayor concentración en los espacios mas chicos. Después van quitando las canastas de menor a mayor para que los peces sucesivamente traten de atrapar a los mas pequeños logrando con esto que en un relativo espacio se concentran peses grandes queriendo comer a los menores. En seguida atrapan a los peces mayores dentro de un reducido espacio y los suben a sus canoas. Un proceso simple pero efectivo para abastecer a su comunidad.

Después de varios intentos fallidos logro superar la técnica llegando a la simplicidad de amarrar a un pequeño pez y dejar que lo trape uno mayor y a medida que va creciendo el pez también lo hace el sedal,  siendo en su parte mas gruesa de una pulgada.

Me despedí prometiéndole  al día siguiente para tomarle unas fotografías y que continuara platicándome sobre sus peripecias con los pescadores Sumi.

Desgraciadamente esa misma tarde tuve que partir a mi ciudad de origen por motivos de un problema familiar se presento y requería de mi presencia. A la distancia recuerdo esta anécdota y el deseo de experimentar esa técnica de pescar… si siquiera le hubiera prestado atención a la forma de amarrar al pequeño pez.

Abril del 2006.

Pedro Sierra Ahumada.